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Tras cumplir una condena de 21 años por homicidio, Sean Walker fue puesto en libertad en 2014. Desde entonces, se dedica ayudar a los demás en la búsqueda de la paz personal. El gobernador de Georgia, Nathan Deal, menciona el éxito de la rehabilitación de Sean, como ejemplo de lo que sucede cuando los presos reciben programas de apoyo para reinsertarse en la sociedad y encauzar sus vidas. En esta carta, Sean, escribe sobre cómo el Programa de Educación para la Paz (PEP) le ayudó a encaminar su vida por el buen camino.

En 1993 cometí el acto más horrible que se puede imaginar. Le quité la vida a otro ser humano. No sólo destruí esa vida sino que también la de los familiares de la víctima, la de mis familiares y mi propia vida.

Me preguntaba cómo había llegado a creer que matar estaba bien. Comencé a buscar respuestas y el primer lugar en donde busqué fue en Dios.

La mayoría de las respuestas que obtuve provinieron de guías espirituales. Me explicaron que el alma humana es malvada por naturaleza y que mi lado perverso se había apoderado de mi conciencia. Cuando esto ocurre, nos dejamos llevar por emociones descontroladas que nos hacen cometer actos terribles. En otras palabras, es natural hacer el mal.

Esta idea no me convenció. Llegué a la conclusión de que si es tan natural hacer el mal deberías sentirte bien. Pero no es así. Dañar a los demás te hace sentir horrible, sufres remordimientos y te arrepientes de tus acciones. Por lo tanto, hacer el mal no es algo natural. Lo que te hace sentir bien es hacer el bien, eso es lo natural. Así pues equiparé hacer el bien y sentirme bien con vivir en paz. Llegué a la conclusión de que la paz es lo natural.

Prosiguiendo con mi búsqueda espiritual, empecé a buscar el significado de la palabra «paz». Descubrí que la palabra paz es crucial para los hindúes, que Jesús saludó a sus discípulos con la expresión «paz», después de resucitar y antes de su ascensión. Jerusalén es la «ciudad de la paz». Y no solo los musulmanes se saludan con una frase que significa «la paz sea contigo», sino que la raíz árabe del término Islam es «paz».

Así que la paz fue la respuesta. Era lo que me faltaba. Era lo que había perdido. Era lo que necesitaba. Era parte de mi naturaleza. Era mi naturaleza.

Así que leí, estudié y recé por la paz. Ayuné y me sacrifiqué por la paz. Aprendí la palabra «paz» en diferentes idiomas. Traté de crearla entre mis compañeros de celda y con el resto de internos. Los empleados y funcionarios de la prisión me llamaban «el pacificador». Llevé la paz a todos excepto a mí mismo.

Hasta que asistí al Programa de Educación para la Paz y me di cuenta de que estaba buscando la paz en el sitio equivocado; buscaba en todas partes excepto en mí mismo. Prem Rawat mencionó que la verdadera paz estaba en mí mismo, y aquí es donde el viaje empezó.

Comencé a buscar en mí y no he parado. Después de salir de la cárcel, la fuerza del mensaje me hizo querer compartir lo aprendido con mis hermanos, que siguen encarcelados —ya que, todavía, no han descubierto que la paz está latente en su interior—.

Es un honor ser coordinador del Programa de Educación para la Paz. La búsqueda de la paz, desde el interior, es la verdadera libertad, y me he propuesto acercar este mensaje a tantas personas como pueda.

Doy gracias a Dios por el PEP.

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